El pasado 10 de marzo viví junto a mi hermano y unos amigos una experiencia cuanto menos rara. ¿Te imaginas andar sin pies?
Con motivo de la despedida de soltero de mi hermano organizamos entre mi cuñado y yo una serie de actividades que pensábamos le gustarían a Sergio. Yo siempre he intentado huir de los tópicos, y esta vez no iba a ser meno. ¿Por qué hay que putear al novio? ¿Por qué hay que pasarlo bien a costa de la vergüenza o malestar del homenajeado? Al fin y al cabo no se trata de eso, ¿no? Imagina que vas a un cumpleaños y en vez de regalarle un CD del grupo de moda y una tarta de chocolate, nada más entrar le pintas la camiseta con spray rojo y le colonas una gorra en la que pone pardillo. Manuda fiesta.
Pues el caso es que conseguimos organizar algo que a él le gustara introduciendo algún elemento "humillante" para no perder del todo la costumbre.
Las actividades estaban relacionadas con dos de las cosas que más le gustan a Sergio: navegar y el Betis.
A primera hora de la mañana lo recogimos en su casa y después de vestirlo con la ropa adecuada nos lo llevamos a montar en las barcas de la Plaza de España. Una experiencia corta pero intensa. No podía imaginarme que mi amigo Arturo tuviera tan poca coordinación para remar.
A media mañana estábamos en Puerto Gelves desayunando unas tapas de ensaladilla, carne con tomate, albóndigas, champiñones con jamón y otras delicatessen antes de embarcar. Sí, habíamos alquilado un velero para navegar por el Guadalquivir.
Aprovechando la afición de más de uno por los barcos y que yo disponía del título de patrón oficial, nos hicimos con un velero de 9 metros de corte clásico, con acabados de madera y bien equipado. Navegamos rio abajo aprovechando la bajada de la marea. Visitamos la nueva esclusa, Coria, Puebla, la Corta de los Olivillos, y al llegar a La Isleta decidimos poner rumbo rio arriba con el cambio de la marea. Este era nuestro momento.
Teníamos un velero en nuestras manos y toda la tripulación estaba deseando izar las velas. Rio abajo se nos notaba en las caras; queríamos navegar. Pues llegó el momento. Todos nos colocamos en nuestros puestos. El timón, soltar la driza de la enrolladera, cazar la escota de la génova por babor, lagar por estribor, izar la mayor, cazarla ajustandola al viento... Todos los pasos seguidos al dedillo tal y como lo habría hecho la tripulación del Bribón. Pero faltaba lo más importante: el viento.
Si el día anterior habían soplado unas buenas rachas, hoy Eolo no nos quería bien. Una fina brisa que rolaba cada minuto nos daba de cara, y con cada meandro del rio se complicaba la maniobra. 3 nudos, 4 nudos, 5 nudos llegamos a alcanzar en algún momento, pero costaba tirar de aquel pesado velero. Pero la ilusión de la tripulación pudo más que las fuerzas de la naturaleza. Barloventeando de orilla a orilla, muy pendientes a los catavientos, ciñendo al máximo y virando por avante a cada brazada. Todos sincronizados a la perfección para sacarle medio nudo a la nave.
En algún momento tuvimos que echar mano del motor porque debido al peso del barco nos quedábamos cara al viento y estancados sin completar el viraje. Pero después de 3 horas llegamos a puerto.
Duro y trabajoso, pero si hemos logrado remontar el rio con un velero sin viento... la próxima Copa América se queda en España.
Gnopharmia stevenaria (Boisduval, 1840)
Hace 10 años

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