En esta ocasión el destino es Marruecos. Es la segunda vez que visito el pais, pero esta vez hemos cambiado la "comodidad" de un viaje organizado para 20 personas, por una pequeña aventura recorriendo el pais de manera autónoma. Tras una hora de viaje en un ferry que zarpaba de Algeciras, llegamos a Ceuta, aún territorio español pero donde ya podemos apreciar algunas diferencias en el ambiente. Al contrario de lo que esperábamos por los comentarios que habíamos recibido en España, el paso de la frontera fué un mero trámite. Sellar el pasaporte, tomarte la temperatura en un improvisado puesto médico (por si la gripe), y rellenar un papel verde para poder entrar con el coche, son las cosas que tenemos que hacer antes de pasar a territorio marroquí. Nada de registros ni policías pesados. Por el contrario, de cada 10 policías solo hay 2 trabajando, y el resto sentados o apoyados en la pared charlando.
Primer día y rumbo a Chefchaouen. Destino obligado para el turista, esta localidad está en el Rif y se trata de un pueblo añil y blanco, con calles que siempre van para arriba, y donde podemos encontrar cientos de puestos para comprar todo lo típico de la zona (en piel, tela, madera,...). Pasamos practicamente todo el día en este enclave espectacular, rematado por los picos Cha y Ouen, y con un riachuelo que baja de las montañas y se adentra en el pueblo, y en el que los jóvenes juegan y las mujeres lavan la ropa (y donde aprovechamos para refrescarnos). El camino de ida y vuelta nos sirve para hacernos una idea de como conducen en este país; aquí no se conduce, se esquiva. No hay normas, se gira cuando se quiere, se adelanta en cualquier lugar, en una vía caben 3 vehículos a la vez, y el claxon no deja de sonar en ningún momento.
En nuestro segundo día vamos a ir a nuestra residencia oficial en Cabo Negro, dentro de una urbanización para extrangeros, con piscina, vigilante y aparcamiento, y vamos a visitar Tetuán, antigua capital del protectorado español. Como en todas las ciudades marroquíes, la Medina representa la parte más tradicional y pobre del pueblo. La de Tetuán transmite una sensación claustrofóbica, con miles de persona chocando en un continuo ir y venir entre puestos y tiendas separados en diferentes zonas por gremios. La primera sensación que tienes es de no poder salir de allí nunca. Miradas examinándote de arriba a abjo pueden hacerte sentir incómodo e inseguro, pero nada más lejos de la realidad, aunque cuesta cambiar el chip. Precisamente estos días está veraneando en la zona el rey Hassam, por lo que podemos encontrar policías cada 20 metros vayamos donde vayamos. En ese bullicio solo escuchas el murmullo del gentío, como un enjambre de abejas, como palabras mudas que no llegas a entender.
Los marroquíes tienen la costumbre de hacer vida en la calle, por lo que es muy normal encontrarse las calles llenas de gente, sobretodo al atardecer. Hay muchos salones de té donde sirven el típico té a la menta. Cuando conseguimos salir de la medina, huyendo de convertirnos en compradores obligados por vendedores fortuitos, y desconcertados por la orientación a pesar de llevar un improvisado guía que nos hemos encontrado al llegar a la ciudad, nos sentamos a degustar el té; un momento dulce y tranquilo viendo anochecer en plena ciudad.
La tercera jornada la comenzamos en Asilah, pueblo turístico en la temporada de verano. En nuestro anterior viaje estaba vacía y se podía disfrutar del silencio de sus calles, de la luz de sus paredes, del arte expuesto por todas las esquinas. Vistas increibles desde las murallas de la kasba y un té en la plaza de Hassam. En Laroche, la Habana africana como nosotros la denominamos debido al parecido de sus cafés y hoteles viejos alrededor de la plaza que da entrada a la medina, podemos respirar el verdadero aire de Marruecos. Mercado asentado en calles sin asfaltar, donde la gente del lugar realiza la compra del pescado, la fruta y algún elemento decorativo, sin la presencia de extrangeros. Aquí no hay tiendas de recuerdos ni bares para los turistas. Cuando llegamos a Meknés ya es de noche, y atravesar una ciudad desconicida sin un buen mapa es un caos. Barrios que parecen que acaban de salir de una guerra y un tráfico intenso dificultan nuestra búsqueda de un hotel donde pasar la noche no son gran cosa y suelen tener algún bichito que otro, pero al menos tienen cama y ducha). Finalmente lo conseguimos y nos vamos a cenar a la calle, como un auténtico marroquí, buscando el aire "fresco" y observando a los transeuntes.
Amanecemos en Meknés y nos dirigimos a Volúbilis. Con un alzado bien conservado, mosaicos espectaculares, el Arco del Triunfo, grandes columnas y un calor sofocante a pesar de la hora, se trata de la mayor ruina romana de Marruecos. En la visita a Fez tengo una de las mejores experiencias del viaje: perderme en la medina. Ni el mapa, ni la brújula, ni elGPS te aseguran que no te pierdas. Nosotros nos perdimos en la medina y estuvimos 3 horas dando vueltas sin encontrar el camino correcto, pero aprovechando para descubrir las entrañas de la ciudad, las fábricas de los curtidores, puestos de comida... y todo conuna sensación de estar viviendo algo genuino, y con el extra que supone teer la adrenalina a tope por no saber donde estás. Estudiantes guías, madrazas, palacios y puestos repartidos por gremios (como siempre) sonlas visitas que hacemos en nuestro paseo. El día termina buscando en la noche de Kenitra un hotel. A la tercera va la vencida (después del hotel de un borracho y de otro que parecía el zoo de los insectos). Una buena cena a base de lenguado papillote, pescado frito, calamares fritos, gambas a la plancha, bebidas, aceitunas, pan y mantequila para 4 personas sale por 360 dh (33 euros).
En Kenitra encontramos playas multitudinarias, una kasba derruida y una reserva natural de aves (Lago Sidi Bou Ghada), donde hacemos una pequeña parada para observar diferentes especies de aves (cercetas, garcetas, somormujos...). En Rabat visitamos la pequeña kasba o fortaleza, un lugar muy acogedor encaramada en lo alto de un precipicio junto al mar. A sus pies una playa llena de gente, y a la espalda la gran ciudad con las ruinas de la antigua mezquita y la media torre o minarete de la mezquita que nunca llegó a terminarse. Comemos enun puesto sentados en el suelo de la calle; un khoobz relleno de todo, bueno y picante. Los jardines y el museo arqueológico son pequeños, pero tienen su encanto (joyas prehistóricas, armas, trajes, y hasta un hamman. El mausoleo de Mulay Idriss es la estrella de la visita, con un lujo indescriptible, una guardia que cambia cada dos horas y enmedio de una extensión de columnas de las que solo quedan la base después del terremoto que acabó con la mezquita.
El último día lo dedicamos a descansar en nuestra residencia oficial, la cual no pisábamos desde el primer día ya que decidimos irnos a la aventura en vez de volver cada noche al nido. Conocer costumbres muy diferentes, no conocer muy bien el destino de cada día, comer y dormir donde se puede, e intentar aprender algo del idioma y de esta gente, han sido algunos de los ingredientes que han hecho que este vieja sea inolvidable.

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